domingo, diciembre 30, 2012

Thebussem (XXXV)



Cabecera del artículo en la antología Futesas literarias
 Tarjeteo pascual (II)

Si he de decir a Vm. la verdad, soy amante de ciertas fórmulas y adornos, aun cuando nada valgan y de nada sirvan en el orden físico ni en el moral. Sentiría que se aboliesen, por ejemplo, los saludos de naipes al comenzar el tresillo, los que preceden y siguen a los asaltos en las salas de esgrima, y los que tan lógicamente practican los franceses y otras naciones al entrar en un café. Me causaría extrañeza ver suprimida la h muda en la palabra “ombre”, los inútiles flecos de las toallas y los botones sin ojales que adornan el talle de los fraques y levitas. Y si quiere Vm. una prueba plena de la gran importancia que tienen las cosas que no sirven para nada, practique Vm. el fácil ensayo que voy a decirle. Las orejas de la liebre ni se aprovechan ni se guisan. Tome usted el par de liebres más hermosas que halle en el mercado, córtele Vm. las orejas y entréguelas al cocinero para que las adobe en delicado “civet”.(1) Pues yo aseguro que, si el maestro se atreve a guisar aquellos bichos, Vm. no se aventura a paladear un “civet” que necesariamente ha de traerle a la memoria la repugnancia y el asco que producen las liebres desorejadas. Aparecen más raras y extrañas que la carta a quien le cercenasen las inútiles palabras “muy señor mío” y “seguro servidor que su mano besa”, que vienen a ser los polos sobre que gira, o el par de orejas que dan finura, belleza, valor y carácter a la misiva.

Término medio entre la ampulosa cortesía de las cartas y la sequedad de la tarjeta contemporánea, es el papel de catorce centímetros de ancho por diez de altura, estampado en hermosa bastardilla con orla tipográfica, que conservo en aprecio y que reza lo siguiente:



Al dorso de este documento hay cuatro renglones manuscritos que dicen:

A mi Señora la Sª. Doña Inés de
Melgarexo, vecina de esta Ciudad
De Sevilla, guarde N. S. muchos años. 

                             Don Luis Federigui.


*****

Aun cuando semejante moda produce comodidad, y mayor todavía si el plazo se alarga por diez o doce años o por toda la vida del remitente, dificulto que hoy pueda renacer. La tarjeta, aunque menos expresiva, es más lacónica, y el laconismo es el regulador de las costumbres de nuestros tiempos. Con el poco dinero que valen cien tarjetas, cien sobres y cien sellos de cuarto de céntimo, es decir, por menos de un duro, ¡cuántas satisfacciones alcanzan los aficionados al tarjeteo!

(Continuará)

(1) El "civet" es un guisado que suele prepararse para las carnes de caza (liebre, conejo, faisán, jabalí)  en las cocinas francesa y catalana. El vino, la sangre del animal y la cebolla ("cive" en francés significa "cebollino") juegan un papel fundamental en su elaboración junto con la carne picada y los frutos secos.

jueves, diciembre 27, 2012

Thebussem (XXXIV)



Cabecera del artículo de Thebussem en Blanco y Negro

Tarjeteo pascual (I)

El 29 de diciembre de 1894, en el número especial dedicado a la Navidad por la revista Blanco y Negro (pp. 20-22), aparecía el artículo del Doctor Thebussem "Tarjeteo pascual", en el que se refería, con la amenidad que le caracteriza, a los orígenes y evolución de la costumbre de enviar tarjetas con felicitaciones de Navidad. Encargo personal de Torcuato Luca de Tena, fundador de la revista en 1891 y de ABC en 1903, fue reproducido años más tarde por el propio Thebussem en su Tercera ración de artículos (Madrid, Rivadeneyra, 1898, pp. 401-406); cerrando la antología de escritos "thebussianos" que publicó la Colección Elzevir (Barcelona, Juan Gili, 1899, pp. 193-201);  y en El Álbum Ibero-americano, en su número 48 de 30 de diciembre de 1909 (pp. 567-568). La edición anotada que presentamos tiene como base la de 1898. 

Tarjeteo pascual

(1894)

A don Torcuato Luca de Tena


Mi amigo y dueño:

No podré, por falta de conocimientos en la materia, contestar con amplitud a las preguntas que Vm. me hace sobre Felicitaciones de Pascuas. Creo, sin embargo, que el practicarlas con tarjetas debe ser costumbre moderna, puesto que, aun cuando el uso de estas cartulinas nació en el siglo XVIII, su abuso no comenzó hasta mediados del presente y venturoso decimonono.(1)

Durante los XVII y XVIII, las felicitaciones pascuales se verificaban en cartas misivas. Allá van este par de muestras de los más acreditados formularios:(2)



Señor mío: A los motivos de mi obligación, que mantienen mi reconocimiento, se aumenta el de la celebridad de estas Pasquas. Deseo las logre Vmd. con felicidad suma, esperando admitirá esta expresión de cariño y que la remunerará con largueza empleando mi inutilidad en su servicio, para conseguir de este modo executoria de la buena ley que le profeso. Dios guarde a Vmd. por dilatados años, como deseo, Toledo y diciembre a 15 de 1696.

B.L.M. de Vmd.
Su más cierto y seguro servidor,
FULANO.

(RESPUESTA)



Señor mío: Con el favor que Vmd. me hace, me aseguro las próximas Pascuas alborozadísimas; y si Vmd. las pasa como se las deseo, no le faltará circunstancia de felicidad, y más si Vmd. diere motivo a mi obediencia de manifestarse oficiosa en su obsequio. Dios, &.

Reproducción de la respuesta anterior en Blanco y Negro
******


Muy señor mío: Todo lo que es desear a Vmd. felicidades, será solicitarme dichas en cualquier
tiempo, y más en el de las cercanas Pasquas. Suplico a Vmd. admita de mi buena ley el anuncio de ellas, asegurándole que, si se conforman con mi voluntad, ni a Vmd. le quedará qué pedir ni a mí qué interceder con la Majestad Divina, que guarde a Vmd. por muchos años. Madrid y diciembre a 18 de 1720.


B.L.M. de Vmd.
Su más cierto y seguro servidor,
MENGANO.

(RESPUESTA)


Muy señor mío: Antepuesta a mi obligación la fineza con que Vmd. se ha dignado favorecerme, afianzo en ella el más feliz logro de estas Pasquas. Espero gozarlas con notable exceso de dichosas, si experimentándolas Vmd. como se las deseo, le merece mi rendimiento en repetidos preceptos el gusto de servirle. Dios, &.

*****

La sequedad de la finura moderna debe ser la causa de que nos parezcan melosas y empalagosas las cartas anteriores, que en épocas pasadas debieron considerarse modelos de buen gusto según la repetición y abundancia con que se hallan en los antiguos epistolarios.

(Continuará)

(1) Las primeras tarjetas de Navidad comerciales fueron patrocinadas por Sir Henry Cole en Londres (1843), y ofrecían una ilustración de Juan Callcott Horsley: la estampa de una familia que bebía vino junto con un niño pequeño, no exenta de polémica.




Las primeras tarjetas inglesas raramente mostraron imágenes del invierno o de temas religiosos, prefiriendo  en su lugar las flores, las hadas y otros diseños imaginarios que recordaran al receptor el acercamiento de la primavera.
(2) En la edición de Blanco y Negro sólo aparecen la primera misiva y su respuesta, que se introducen de la siguiente manera: "En esta página van como muestra dos de ellas, reproducidas directamente del original".  En la reproducción de la primera carta leemos claramente el nombre del remitente, don Cristóbal Parra, y el del destinatario, que se encuentra en Madrid, don Baltasar Hidalgo. Ambos apellidos están ligados a la historia de Medina Sidonia de aquellos tiempos.
La ilustración que encabezaba el artículo fue realizada por el pintor y cartelista Fernando Alberti y Barceló (Madrid, 1870-1950), asiduo colaborador de la revista. Alberti comenzó su formación en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y fue Catedrático de la Escuela de Artes Industriales de Madrid. Participó en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y obtuvo una mención honorífica en la de 1892, terceras medallas en 1904 y 1908, segunda medalla en 1912 por el lienzo titulado El enjambre (verbena), y condecoración en la edición de 1920. http://www.museodelprado.es/enciclopedia

lunes, diciembre 24, 2012

Feliz Navidad

Con mis deseos
 de

 salud, paz y prosperidad

 a los seguidores
 y
 visitantes de este blog


La adoración de los pastores, El Greco (1612-1614), Museo del Prado

El nacimiento de Cristo y la adoración de los pastores en versos de Juvenco

     Urbs est Iudaeae, Bethlem, Davida canorum
Quae genuit, generis quae censum iure petebat.
Edidit hic Mariam Davidis origine Ioseph
Desponsamque sibi scribens gravidamque professus.
Hospitio amborum Bethlem sub moenibus urbis
Angusti fuerant praeparva habitacula ruris.
Illic virgo novo completa in tempore fetu
Solvitur et puerum veteri cunabula textu
Involvunt duroque datur praesepe cubili.

     Circa sollicitae pecudum custodia noctis
Pastores tenuit vigiles per pascua laeta.
Ecce Dei monitu visus descendere caelo
Nuntius, at subitus terror tremefacta pavore
Prostravit viridi pastorum corpora terrae.
Talis et attonitis caelo vox missa cucurrit:
«Ponite terrorem mentis, mea sumite dicta,
Pastores, quibus haec ingentia gaudia porto.
Nam genitus puer est Davidis origine clara,
Qui populis lucem mox laetitiamque propaget.
Hoc signum dicam, puerum quod cernere vobis
Iam licet implentem gracili praesepia voce.»
Talia dicenti iunguntur milia plebis
Caelestis cunctique Deum laudantque rogantque,
Talis et uniti vox agminis aera complet:
«Gloria supremum comitetur debita patrem,
In terris iustos homines pax digna sequatur.»
Et simul his dictis caeli secreta revisunt.

     Pastores propere veniunt puerumque iacentem
Praesepis gremio cernunt; post inde frequentes
Dispergunt late celeris vaga semina famae.
Mirantes laudant, laetantes constipuerunt;
Omnia nocturnis monitis quod vera recurrant.

Iuvencus, Libri evangelicorum quattuor I, 149-180


     Una ciudad hay en Judea, Belén, que al canoro David
Engendró, que por ley reclamaba el censo de los en ella nacidos.
Aquí José, de la estirpe de David, declaró a María,
Inscribiéndola como su esposa y manifestando su preñez.
De albergue de ambos, al pie de las murallas de la ciudad de Belén,
Había servido un pequeñísimo refugio de su estrecho campo.
Allí la Virgen, habiendo cumplido su tiempo, de su prole singular
Se libera, y una cuna con trapos viejos al Niño
Envuelve, y un pesebre le dan como duro lecho.

     Alrededor, en la inquietante noche, la guarda de sus ganados
Mantuvo vigilantes a los pastores en los fértiles pastos.
He aquí que por orden de Dios fue visto descender del cielo
Un mensajero suyo; y un terror súbito, temblando de miedo,
Postró los cuerpos de los pastores en el verdor del suelo.
Y hasta ellos, asombrados, se deslizó enviada desde el cielo una voz tal:
“Alejad el miedo de vuestra mente, haceos cargo de mis palabras,
Con las que traigo esta inmensa satisfacción, pastores.
Pues ha nacido un Niño de la preclara estirpe de David
Que a los pueblos transmitirá pronto luz y alegría.
Esta señal os indicaré: que ya podéis ver al Niño
Llenando un pesebre con su delicada voz”.
Al que dice tales cosas se le unen miles de habitantes
Del cielo, y todos alaban y ruegan a Dios.
Y estas palabras de la tropa reunida llenan los cielos:
“La gloria debida acompañe al Padre Supremo,
En la tierra una merecida paz siga a los hombres justos”.
Y al tiempo de hablar vuelven a sus apartadas moradas celestiales.

     Los pastores llegan rápidamente y al Niño que yace
Al abrigo del pesebre reconocen. Después, desde allí muchos
Difunden por doquiera las semillas andariegas de una noticia que vuela.
Con admiración lo elogian, con alegría quedaron estupefactos.
Porque toda la verdad remite a las predicciones de la noche.

miércoles, diciembre 19, 2012

El lamento de Ariadna (XII)


El "Lamento de Ariadna" de Claudio Monteverdi

El compositor e intérprete Claudio Monteverdi (Cremona, 1567-Venecia, 1643), figura trascendental en la transición de la música renacentista a la barroca, compuso en 1607, el mismo año del fallecimiento de su esposa Claudia Cattaneo, su ópera Orfeo, favola in musica, una de las primeras de la historia. Un año después, un nuevo asunto mitológico le servía de inspiración para su segunda gran obra: L´Arianna.  De esta ópera, encargada por el duque Vicenzo Gonzaga con ocasión de las nupcias de su hijo Francesco con Margarita de Saboya y estrenada en Mantua el 28 de mayo de 1608, conservamos el libreto del poeta Ottavio Rinuccini (1562-1621) pero sólo la partitura del aria que interpreta Ariadna en el único acto de la escena séptima, el conocido como "Lamento de Ariadna" o "Lasciatemi morire", por las primeras palabras del triste canto.

Inspirada evidentemente en los textos de Ovidio y Catulo que ya hemos comentado en entradas anteriores, el aria refleja la desesperación de Ariadna tras ser abandonada en Naxos y supone la incorporación de la monodia a la ópera. La música se conservó gracias a que Monteverdi reeditó el "Lamento" en 1623 como pieza suelta y a que sobre el mismo tema escribió dos arreglos: un madrigal a cinco voces publicado en su Sexto libro de madrigales (1614) y una composición con texto en latín titulada "Pianto della Madonna", publicado en su colección Selva morale e spirituale (1641).

La pieza se ha incorporado a los repertorios de las más brillantes mezzo-sopranos y sopranos. Ofrecemos aquí la versión de Roberta Mameli, acompañada al "chitarrone" por Takashi Tsunoda (subida a youtube por MargueriteCrayencour), y la más reducida pero histórica de Irina Arkhipova (subida por RossiaAngel).

Lasciatemi morire;
e che volete voi che mi conforte
in così dura sorte,
in così gran martire?
Lasciatemi morire.

O Teseo, o Teseo mio,
sì che mio ti vo’ dir, che mio pur sei,
benchè t’involi, ahi crudo, a gli occhi miei.
Volgiti, Teseo mio,
volgiti, Teseo, o Dio.
Volgiti indietro a rimirar colei
che lasciato ha per te la patria e il regno,
in questa arena ancora,
cibo di fere dispietate e crude,
lascierà l’ossa ignude.
O Teseo, o Teseo mio,
Se tu sapessi, o Dio,
se tu sapessi, ohimè, come s’affanna
la povera Arianna,
forse, pentito,
rivolgeresti ancor la prora al lito.
Ma con l’aure serene
tu te ne vai felice et io qui piango;
a te prepara Atene
liete pompe superbe, et io rimango
cibo di fera in solitarie arene;
te l’uno e l’altro tuo vecchio parente
stringerà lieto, et io
più non vedrovvi, o madre, o padre mio.

Dove, dove è la fede
che tanto mi giuravi?
Così nell’alta sede
tu mi ripon de gli avi?
Son queste le corone
onde m’adorni il crine?
Questi gli scettri sono,
queste le gemme e gli ori:
lasciarmi in abbandono
a fera che mi stracci e mi divori!
Ah Teseo, ah Teseo mio,
lascerai tu morire,
in van piangendo, in van gridando aita,
la misera Arianna
che a te fidossi e ti diè gloria e vita?

Ahi, che non pur risponde.
Ahi che più d’aspe è sordo a miei lamenti!
O nembi, o turbi, o venti,
sommergetelo voi dentr’a quell’onde.
Correte, orchi e balene,
e delle membra immonde
empiete le voragini profonde!
Che parlo, ahi, che vaneggio?
Misera, ohimè, che chieggio?
O Teseo, o Teseo mio,
non son, non son quell’io,
non son quell’io che i feri detti sciolse:
parlò l’affanno mio, parlo il dolore;
parlò la lingua sì, ma non già il core.
Misera, ancor dò loco
a la tradita speme, e non si spegne
fra tanto scherno ancor d’Amor il foco?
Spegni tu morte omai le fiamme indegne!
O Madre, o Padre, o de l’antico Regno
superbi alberghi, ov’hebbi d’or la cuna,
o servi, o fidi amici (ahi fato indegno)
mirate ove m’ha scorto empia fortuna,
mirate di che duol m’ha fatto erede
l’amor mio, la mia fede, e l’altrui inganno.
Così va chi tropp’ama e troppo crede.




(Traducción)

¡Ay! Dejadme morir,
¿Qué puede confortarme
Ante esta dura suerte,
En este gran martirio?
¡Ay! Dejadme morir.

¡Oh Teseo, oh Teseo mío!
Te quiero llamar mío, puesto que mío eres,
¡Oh Teseo, oh Teseo mío!
Te quiero llamar mío, puesto que mío eres,
Aunque esquives, oh cruel, los ojos míos.
Retorna, Teseo mío,
Retorna, amado ídolo,
Vuelve a mirar a aquella
Que por ti abandonó su patria y reino,
Y en esta playa ahora
Presa de fieras despiadadas y crueles,
Sus huesos dejará.
¡Teseo, oh Teseo mío!,
Por Dios, si tú supieses,
Si supieras ¡ay de mí! cuánto padece
La desdichada Ariadna,
Quizá, quizá contrito,
Enfilarías tu proa hacia esta orilla.
Mas con la dulce brisa
Tú partes tan contento, mientras lloro.
Atenas te prepara
Una suntuosa fiesta, yo aquí me quedo
Víctima solitaria de las fieras.
Tus viejos padres, uno y otra,
Te abrazarán felices. Yo en cambio
Nunca más os veré, ¡oh madre, oh padre mío!

¿Dónde, en dónde está la fe
Que tanto me juraste?
¿Es así como al trono
Pretendes que yo ascienda?
¿Son éstas las coronas
Que han de ceñir mis sienes?
¿Acaso éstos los cetros,
Las alhajas y el oro?
¿Dejarme abandonada
Entre bestias feroces?
¡Ah Teseo, ah Teseo mío!,
¿Dejarás tú que muera
Llorando en vano y suplicando ayuda
La miserable Ariadna,
Que en ti confiaba, y te dio vida y gloria?

¡Ay! No quiere responderme.
¡Ay!¡Como el áspid es sordo a mis lamentos!
¡Oh nubes, trombas, vientos,
Sumergidlo en las olas!
¡Venid, ballenas y orcas,
Que sus miembros inmundos
Colmen los abismos profundos!
¿Qué digo? ¡Ay! Yo deliro.
¡Oh miserable!, ¿qué pedía?
¡Oh Teseo, oh Teseo mío!,
No era, no era yo quien
tan duras cosas dijo;
Habló mi afán, habló el dolor,
Habló la lengua, no lo hizo el corazón.
Mísera, sigo dando lugar
A la esperanza traicionada, y no se apaga
A pesar de tanto escarnio el fuego de Amor.
¡Apaga, tú, muerte, las llamas indignas!
¡Oh Madre, oh Padre, oh del antiguo Reino
Las soberbias moradas, donde tuve cuna de oro,
Oh sirvientes, oh fieles amigos (ay, destino indigno),
Mirad dónde me llevó la cruel fortuna,
Mirad qué dolor heredé del amor mío,
De mi fidelidad y de aquel que me ha engañado!
Así vive quien en demasía ama y se fía.


La traducción del "Lamento" es de Alberto de Brigard y ha sido tomada de la web "Biblioteca Virtual. Biblioteca Luis Ángel Arango", http://www.banrepcultural.org. El libreto de la ópera L´Arianna puede leerse en http://www.librettidopera.it/arianmv/arianmv.html.

jueves, diciembre 13, 2012

El lamento de Ariadna (XI)



Paisaje con Ariadna abandonada, Carlo Saraceni (1606-1607), Museo de Capodimonte (Nápoles)

La imagen de Ariadna abandonada fue también fuente de inspiración para los artistas barrocos, aunque resulta todavía más frecuente la representación de su encuentro con Dioniso-Baco o las nupcias subsiguientes.

De la primera fase de la producción del veneciano Carlo Saraceni, aún no influenciada por Caravaggio, destacan seis pequeños paisajes al óleo pintados sobre cobre, realizados en los primeros decenios del Seiscientos durante su estancia en Roma, que incluyen escenas mitológicas inspiradas en Las metamorfosis de Ovidio. Entre ellos se cuenta el Paisaje con Ariadna abandonada (40 x 52,5 cm), donde la impronta veneciana se refleja en la predilección por el elemento natural mientras las densas masas boscosas y los efectos atmosféricos y lumínicos remiten a la estética del paisajista alemán residente en Roma Adam Elsheimer.  Ariadna, semidesnuda, acaba de abandonar el lecho entre unas rocas y se queja con desesperados aspavientos ante la visión del barco de Teseo, que ya se aleja. La playa solitaria recibe la luz del amanecer. Pudimos contemplar la obra recientemente en el Museo del Prado ya que formaba parte de la exposición Roma. Naturaleza e Ideal (Paisajes 1600-1650).

Ariadna abandonada, Agostino Tassi (h. 1632), Galería de los Uffizi (Florencia)

En la misma exposición figuró el dibujo de Agostino Tassi que ahora reproducimos  (25,7 x 20,2 cm), ejecutado a lápiz y tinta parda a pluma.  El anacrónico buque, que más parece varado que fondeado en la costa, y el juego de los distintos planos recuerdan las ilustraciones renacentistas que ya ofrecimos en entradas anteriores, aunque aquí Ariadna aparece vestida a la usanza griega y no a la moda de la época.

Tassi Buonamici (Perugia, 1566 – Roma, 1644), paisajista tardomanierista influenciado al inicio de su carrera por el arte nórdico y luego por el clasicismo de Domenichino, contó entre sus discípulos a Claudio de Lorena y fue un consumado especialista en trampantojos, interviniendo en la decoración de varios palacios de Roma y sus alrededores (Casino Ludovisi, Palacio del Quirinal, Palacio Pamphili...). Muy controvertida es su relación con la pintora Artemisia Gentileschi, a quien violó en 1612. Orazio Gentileschi, compañero de Tassi, le había confiado a su hija para su aprendizaje dado que las mujeres no tenían acceso a las academias de Bellas Artes; Tassi la forzó y le prometió matrimonio, aun estando él casado. El tribunal papal sentenció que Tassi incluso había intentado asesinar a su propia esposa, cometido incesto con su cuñada e intentado robar algunas pinturas de Orazio; y le condenó a un año de prisión y exilio de los Estados Pontificios.
 
Teseo abandonando a Ariadna, Nicolas Poussin (1627-30), Galería de los Uffizi (Florencia)
 También en el Gabinete de Estampas de la Galería de los Uffizi se guarda el dibujo a tinta sepia aguada y pluma de Nicolas Poussin que refleja el momento en que Teseo deja en el lecho a su amada (14,3 x 19,4 cm). Forma parte de una serie de dibujos de tema mitológico realizados entre 1627 y 1630, y deja entrever en algunos detalles, como la disposición de los  cuerpos desnudos o la aparición de la quilla del barco en un lateral de la escena (con el remo dispuesto para la inminente boga), un profundo conocimiento de los modelos clásicos. La luz del alba empieza a penetrar en la cueva que ha servido de lecho a los amantes, pero ahora la antorcha del amor aparece caída, símbolo de que la pasión ha fenecido. Junto a ella, el ovillo de hilo que había servido al héroe para salir del Laberinto. En nada se repara durante la precipitada huida.  

Poussin trató el mito de Ariadna también en sus obras Encuentro de Baco y Ariadna (óleo, Museo del Prado) o Baco y Ariadna (dibujo, British Museum).
Teseo abandona a Ariadna en Naxos, Filippo Napoletano, Galeria Napolinobilissima (Nápoles)

Particularmente delicado es el paisaje con Ariadna abandonada pintado sobre piedra caliza en forma ovalada (33,5 x 60 cm) por Teodoro Filippo de Liagno, más conocido como Filippo Napoletano (h. 1587-1629). La variedad de piedra empleada por el artista es el  "lineato dell'Arno", originaria de las colinas de la Toscana y muy usada en las primeras décadas del siglo XVII como soporte de paisajes con figuras pequeñas, ya que la pintoresca gama de tonos tierra que presenta se prestaba bien a ello, y las líneas largas y onduladas permitían también evocar el oleaje. Filippo empleó esta misma piedra en siete cuadros que donó al Gran Duque de Toscana y hoy se conservan en el Instituto de Estudios Etruscos de Florencia. Ariadna aparece aquí durmiendo dentro de una tienda de campaña  montada sobre un escenario casi desolado, tan sólo animado por  un árbol sin hojas; el paisaje recuerda, como el de Saraceni, la pintura de Elsheimer.  Teseo, con la ropa enrollada bajo el brazo derecho, huye a escondidas hacia la  anacrónica nave que le espera para zarpar.

http://cir.campania.beniculturali.it/museodicapodimonte
Maria Rosaria Nappi, "Filippo de Liano detto Filippo Napoletano, Teseo abbandona Arianna sull’isola di Naxos", http://www.gallerianapolinobilissima.it/
http://www.artehistoria
http://www.museodelprado.es/exposiciones/info/en-el-museo/roma-naturaleza-e-ideal/
wikipedia

domingo, diciembre 09, 2012

Ermita de los Santos Mártires


Atardecer en el Prado de los Santos el día de la Inmaculada (Medina Sidonia)


miércoles, diciembre 05, 2012

Thebussem (XXXIII)


Cabecera del número de La Ilustración en que se publicó por vez primera el escrito de Thebussem

Cómo se acabó en Medina el Rosario de la Aurora,
por el Doctor Thebussem (X)

He aquí cuanto he podido indagar relacionado con el asunto de que me ocupo. Han desaparecido las personas, las instituciones y los mármoles que con él se relacionaban, sin dejar reliquia ni memoria. Queda solamente lo más fugitivo, ligero e impalpable, o sea las diez palabras de la frase proverbial


SE ACABÓ COMO EN MEDINA
EL ROSARIO DE LA AURORA,


aplicada a los acontecimientos que finalizan de una manera escandalosa, alborotada o funesta.

¡Errores de la humanidad! ¡Juicios tan absurdos como el de la mona, que declaró amarga la nuez, fundándose en el sabor de la corteza!(1) La luz de la historia nos muestra que las verdaderas y legítimas consecuencias del Rosario de la Aurora fueron de júbilo, satisfacción y ventura, y la relumbrante antorcha de la filosofía nos dice, por boca del gran Sancho Panza, “que en este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos, apenas se halla cosa que esté sin mezcla de MALDAD, EMBUSTE Y BELLAQUERÍA”.(2)


EL DOCTOR THEBUSSEM(3)

(1) Así se cuenta en "La mona", fábula de Félix María de Samaniego.
Subió una mona a un nogal,
y cogiendo una nuez verde,
en la cáscara la muerde;
conque le supo muy mal.
Arrojola el animal,
y se quedó sin comer.
Así suele suceder
a quien su empresa abandona
porque halla, como la mona,
al principio qué vencer.
(2) Don Quijote de la Mancha, Parte II, capítulo 11.
(3) En Un triste capeo el artículo aparece firmado en "Londres, 10 de diciembre de 1883 años", típico embuste del autor.

jueves, noviembre 29, 2012

Thebussem (XXXII)

gasparprezdeguzmnysando La conspiración de Medina Sidonia
Gaspar Alonso Pérez de Guzmán y Gómez de Sandoval, IX duque de Medina Sidonia, Anónimo (s. XVII), Palacio de los Duques de Medina Sidonia. Imagen tomada de wikipedia

Cómo se acabó en Medina el Rosario de la Aurora,
por el Doctor Thebussem (IX)


Este párrafo de Alonso de Beas deja plenamente satisfecha nuestra curiosidad por lo tocante a las revelaciones que hizo a su novia y a su confesor, y derrama completa luz sobre las verdaderas causas del angustiado fin del Rosario de Medina Sidonia. Completaremos el cuadro con otras noticias ligadas con el suceso que acabamos de historiar.

El Tío Frasquito Picazo murió de viejo, y dejó a su hija doña María por única y universal heredera de sus fincas, rebaños, aperos y doblones, gracias a los cuales sus nietos pudieron adornarse los pechos con sendos lagartos rojos de la orden de Santiago.

El corregidor se hospedaba algunas temporadas en casa de su deudo el contador mayor de la casa del Duque de Medina Sidonia, residente en Sanlúcar de Barrameda. Decían que una hermana de este empleado, arrogante moza por cierto, crió al niño Osorio, huérfano de padre, que era, con diferencia en veinticinco años de edad, un retrato de su padrino el octavo duque don Manuel Pérez de Guzmán. Éste sufragó los gastos de su crianza y educación, y le dejó algunos escudos en su testamento. Parece que con la protección del noveno duque, aumentada ahora con el triste suceso de Medina, que dejó sordo de un oído al licenciado, lo nombraron, aun cuando era demasiado joven, oidor de la Chancillería de Granada. El mozo conseguía siempre del tribunal que su protector llevase justicia en los repetidos pleitos que allá llegaban sobre alcabalas, almotacenes o almojarifes correspondientes a la opulenta casa de Guzmán. Las cicatrices y sordera de su oreja derecha las achacaba Osorio a cierta aventura de mocedad originada delante de un “bravísimo toro”, que hirió y acorraló a más de veinte personas.

Pedro Laurenciano, juntando gentil patrimonio, llegó a ser uno de los más ricos mercaderes del puerto del Callao en la ciudad de los reyes del Perú. En espera del fin de su último negocio para dar la vuelta a España, se interpuso la muerte cobrándole la vida, y no pudo realizar su deseo, acariciado por más de treinta años, de regresar a la patria.

La cofradía de las Ánimas llegó a extinguirse en 1784 por la prohibición de los Rosarios nocturnos decretada por el obispo de Cádiz, a causa de que tales actos no eran ya, ni con cien mil leguas, todo lo edificantes y cristianos que fueron en la época de la fazaña del “toro negro”.

Las veinticuatro misas de la fundación hecha por Pedro Laurenciano y Alonso de Beas “en descargo de sus conciencias, aumento del culto divino e sufragio de las ánimas benditas”, dejaron de rezarse desde la época en que Carlos IV y don Manuel Godoy consiguieron del pontifice Pío VI autorización para vender los bienes de las obras pías españolas.

Alonso de Beas y su mujer lograron dichoso matrimonio y tuvieron sobrados bienes de fortuna gracias a la herencia del Tío Frasquito, y gracias también a que ni él dejó de mover la pluma, ni ella el huso y la rueca. Entre las cargas de escombro que salieron en 1850 del convento de San Agustín de Medina Sidonia, se hallaban unos trozos de mármol negro, que juntos daban la siguiente leyenda:

+
ESTA SEPVLTVRA I ENTIERRO
ES DE D. FRANCISCO PICAZO
I DE D. ALº. DE BEAS MONTERO
I DE DOÑA MARÍA PICAZO SV
MVGER, Y DE SVS EREDEROS
I SVCESORES § RVEGVEN A DIOS
POR SVS ANIMAS § Aº. DE 1680.

Retablo mayor de la iglesia del convento de San Agustín de Medina Sidonia (foto J. Romero)
(Continuará)

jueves, noviembre 22, 2012

Thebussem (XXXI)


El Rosario de la Aurora, grabado a partir del cuadro de José García Ramos del mismo título, aparecido en La Ilustración Española y Americana en el número de 8 de julio de 1884

Cómo se acabó en Medina el Rosario de la Aurora,
por el Doctor Thebussem (VIII)

Pedro Laurenciano, uno de los principales personajes de la presente historia, era un pobre huérfano, criado desde la infancia por los padres de Alonso de Beas. Pedro era hábil por extremo en el oficio de escribano, y solicitaba por medio de un su pariente que lo nombrasen para el desempeño de semejante cargo. Cuando le avisaron que iba a ser elegido, dijo a sus padrinos estas palabras: “Yo amo a vuestras mercedes más que si fuesen mis padres, y a Alonso de Beas más que si fuese mi hermano; deseo que Alonso sea el cartulario de Medina Sidonia; allá nos iremos ambos; yo trabajaré, y él no hará más que firmar y cobrar lo que se gane; no tenéis que agradecérmelo, pues sabéis que toda mi ambición se reduce a adquirir algunos ducados para irme a las Indias, y no a pasar la vida entre papeles y escrituras”. Semejante rasgo de confianza y de gratitud, que llenó de entusiasmo a la familia, nos da la clave del regalo de doña María, a quien constaban tales pormenores y antecedentes.

Pedro Laurenciano, pues, se embarcó en Cádiz en un galeón, y después de mil contratiempos y adversidades, llegó al Perú. De año en año recibía Alonso de Beas largas cartas con menudas noticias de la vida y negocios de su querido amigo. Las granjerías de éste prosperaron tanto, gracias a su talento, penetración y astucia, que a los pocos años envió mil pesos ensayados, para que con ellos se fundase una capellanía con obligación de doce misas al año aplicadas a las ánimas benditas, y una hermosa joya de oro y perlas para doña María ―”pues no puedo olvidar ―consignaba― que a vosotros os debo toda mi felicidad y mi ventura”.

Alonso le contestó que él tenía determinado también dotar otra memoria de misas semejante, y que agregando por su parte suma igual, se haría un cuerpo de ambas cantidades, poniendo la obligación de veinticuatro misas, o sea, doce por la intención de cada fundador; que doña María estimaba mucho su joya, la cual, después de usarla en vida, sería legada a Nuestra Señora del Rosario; y, por último, que la gratitud era mutua y recíproca, “puesto que si vos ―le decía―, eximio amigo Pedro Laurenciano, no hubieseis hecho el artificioso disfraz con cuyos cuernos e aparato fingisteis tan bizarramente el TORO NEGRO en aquella madrugada, e simulasteis de antemano en mi brazo la herida que engañó la pericia del cirujano, pasando luego todo lo que sabemos, quizá no se hubiera verificado mi casamiento con doña María, ni vos e yo nos halláramos hoy, gracias a la Divina Providencia, colmados de prosperidad y bienandanza”.

(Continuará)

sábado, noviembre 17, 2012

Onomásticas (I)

Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos, Bartolomé Esteban Murillo (1667-70), Hospital de la Caridad (Sevilla)
Santa Isabel de Hungría

Isabel, hija del rey Andrés II de Hungría, conocido como el Hierosolimitano, y Gertrudis de Merania, hermana de la que luego sería Santa Eduvigis de Silesia, nació en Presburgo el 7 de julio de 1207 y se educó en la corte húngara con sus hermanos los príncipes Béla, Colomán y Andrés. Su madre fue asesinada en 1213, y dos años después su padre contrajo nuevo matrimonio, del que nacería Violante de Hungría, esposa que fue de Jaime I de Aragón.

Isabel fue casada en 1221 con el margrave Luis de Turingia-Hesse (matrimonio de conveniencia para contrarrestar el poder del rey Felipe de Suabia) con quien, al parecer, llevó una vida cargada de felicidad. Su marido veía con buenos ojos las labores caritativas a las que era tan dada (visitaba a sus vasallos más menesterosos para darles alimento, regaló la plata de sus arcas y las alhajas de su dote), pues pensaba que le harían ganar el cielo. Cuenta la leyenda que al regalar su manto de armiño a una pobre anciana muerta de frío en la calle, vio que éste se transformaba en la imagen de Cristo. Estas labores contaron, sin embargo, con la reprobación de algunos nobles, entre ellos su cuñado Conrado, por considerar que se estaban dilapidando el patrimonio y las reservas del principado, de manera que fue acusada ante su marido. Sorprendida mientras salía de palacio cargada con sus donativos, hubo de mentir diciendo que llevaba rosas en su falda (olvidó Isabel que era pleno invierno); y cuando se le pidió que las mostrara, los mendrugos de pan que en realidad llevaba se convirtieron en estas flores. En otra ocasión su suegra, la duquesa viuda Sofía, hizo entender al margrave, que regresaba a palacio tras una corta ausencia, que había oído voces en la alcoba del matrimonio. Cuando Luis derribó la puerta, encontró un crucifijo sobre la cama: en él se había transformado el pobre leproso al que Isabel cuidaba en ella.  

La piadosa conducta de Isabel se acrecentó cuando hubo de sustituir a Luis en el mando en 1226 al acudir éste a la Dieta de Cremona en lugar del emperador Federico II, del que era amigo y aliado; tuvo que hacer frente entonces a las desgracias que trajeron las inundaciones y plagas de aquel año.

Dirigida espiritualmente por el inquisidor Conrado de Marburgo, la vida de Isabel cambió totalmente a raíz de la muerte de su esposo el 11 de septiembre de 1227 mientras se dirigía a unirse a la Sexta Cruzada bajo las órdenes del Emperador. Dieciocho días después daba a luz a su hija Gertrudis (más tarde beata Gertrudis de Altenberg), que sería criada por las monjas premonstratenses del monasterio de Wetzlar. Desamparada, en una corte hostil y víctima de nuevas acusaciones de prodigalidad, fue expulsada de palacio y hubo de buscar socorro en Marburgo entre sus tíos, la abadesa Mectildis de Kitzingen y el obispo de Bamberg. Poco después consiguió una indemnización gracias a las gestiones de su confesor y abogado, obteniendo algunas posesiones en Marburgo. Pero Isabel renunció a ellas e ingresó en la Orden Tercera vistiendo el hábito franciscano. A San Francisco dedicó el hospital que hizo construir en la ciudad, donde fueron atendidos muchos de los cruzados que regresaban enfermos de Tierra Santa.   

Isabel falleció en Marburgo cuando contaba sólo 24 años. En 1235 sería canonizada por el papa Gregorio IX ante el emperador Federico siendo reconocida entonces como "la mujer más grande de la Edad Media alemana". Su cuerpo fue colocado en un altar dorado en la que se conoció luego como iglesia de Santa Isabel, y la Orden Teutónica adoptó a la santa como su segunda patrona junto a la Virgen María y San Jorge.

El culto a Santa Isabel se extendió muy rápidamente por el este de Europa, popularizándose su nombre. A la Península Ibérica llegaría con la ya citada Violante de Hungría. A Italia, tras el matrimonio de la princesa María de Hungría con Carlos II de Nápoles en 1270.

A Santa Isabel se la suele representar socorriendo a pobres y enfermos, siendo muy popular su figura con el regazo lleno de las rosas en que se convirtieron los alimentos que destinaba a los menesterosos. Se la reconoce por llevar una o más coronas y lujoso vestido, aunque a veces los artistas prefieren mostrarla con el hábito franciscano.

-Luis Monreal y Tejada, Iconografía del Cristianismo, Barcelona, El Acantilado, 2000; Charles Forbes Montalembert, Historia de Santa Isabel de Hungría, duquesa de Turingia, Barcelona, Librería Religiosa, 1858; Javier Martín Artajo, Santa Isabel de Hungría, Año Cristiano IV (1960), Madrid, Ed. Católica; Santa Isabel de Hungría, wikipedia.

jueves, noviembre 15, 2012

Thebussem (XXX)



Una escena galante, Antonio Gisbert (h. 1873), Museo de Bellas Artes Gravina (Alicante)

Cómo se acabó en Medina el Rosario de la Aurora,
por el Doctor Thebussem (VII)

Al medio año de todos estos sucesos corrían las amonestaciones de Alonso de Beas Montero con doña María Picazo. El Tío Frasquito se hallaba contento del matrimonio, porque le tenía más cuenta meter en casa una pluma que una espada. Doña María, satisfecha con su futuro esposo y rebosando felicidad, arreglaba galas y joyas para la boda. En el novio se notaban, por el contrario, síntomas de inquietud y de tristeza, crecientes a medida que se acercaba el día de las bendiciones nupciales. Una noche, obligado ya por su prometida, le dijo estas palabras:

―Cierto, amada doña María, que hay una amargura en mi corazón; ciertísimo que mi conciencia no está tranquila; escuchad y aconsejadme, que juro obedeceros.

―Hablad, Alonso, hablad ―dijo doña María llena de terror.

Lo que el escribano, pálido como la muerte, decía al oído de su novia era imposible que lo pudiera escuchar más que ella sola. La cara de doña María iba revelando las impresiones que le causaban las palabras de Alonso: primero, sorpresa y asombro; luego, curiosidad; después..., sonora carcajada; y, por último, una seriedad triste y cariñosa, con la cual le dijo:

―Alonso mío, ¡cuán bueno y honrado sois! Yo os perdono, pero creo que es preciso que también os perdone Dios. Mi consejo es que contéis vuestras culpas a fray Pedro del Carmen.

El dicho religioso, al escuchar al penitente, quedó pasmado y atónito. ―¡Válganos Dios! ¡Válganos Dios y su Santa Madre! ―repetía el buen fray Pedro, llevándose las manos a la cabeza. ―¡Miserias humanas, flaquezas de la criatura...!

Finalmente, Alonso recibió la absolución del cielo, y salió de la humilde celda del confesor derramando lágrimas de satisfacción y de alegría.


La boda, José Villegas Cordero (1875), Colección particular
Las bodas fueron suntuosas, y el Tío Frasquito echó la casa por la ventana. Doña María dio libertad a la más antigua de sus esclavas, y regaló cuatrocientos ducados a Pedro Laurenciano, para que lograse su vehemente deseo de marchar a las Indias en busca de fortuna.

¿Y quién era Pedro Laurenciano?

(Continuará)
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