jueves, diciembre 24, 2009

Navidad









Il presepe Cuciniello

La ruidosa Nápoles bien merece un viaje por las maravillas que se encuentran en ella y sus alrededores. En pleno mes de julio disfruté de unas Navidades anticipadas visitando la calle de San Gregorio Armeno, la colección de San Lorenzo, el Belén del Palacio de Caserta o este "Presepe Cuciniello" que se expone en una de las salas de las cocinas de la Cartuja de San Martín, en lo alto de la ciudad. Fue donado en 1877 por el arquitecto y comediógrafo Michele Cuciniello, que dos años más tarde se ocuparía de su montaje con la ayuda de Luigi Farina, para la ejecución del peñasco en madera, corcho y cartón pintados a la témpera; del arquitecto Fausto Niccolini, que se ocupó de la preciosa iluminación cenital; y del escenógrafo Luigi Massi, que pintó el paisaje y la cúpula celeste. Esta escenografía teatral, entre barroca y rococó, es un espléndido marco para la fiesta arcádica, al tiempo sagrada y profana, que contiene el pasaje de la Natividad, dispuesta en el centro de la composición y sobre la que se levanta una gloria de ángeles (a la cabalgata de los Magos le sigue la banda de música oriental tan del gusto napolitano), la Anunciación a los pastores y la taberna, repleta de todo tipo de alimentos. El modelado de las figuras y las vestimentas son auténticas filigranas.

¡Que disfrutéis con las fotos, y Feliz Navidad!

miércoles, diciembre 23, 2009

Medina Sidonia en la Guerra de la Independencia (VII)





Navidades hace 200 años en Medina


Una vez que los ejércitos españoles fueron derrotados en la batalla de Ocaña el 19 de noviembre de 1809, era cuestión de poco tiempo que las poderosas tropas francesas se adueñaran de Andalucía. A pesar de todo, la Suprema Junta Central no podía renunciar a su defensa, y para ello era necesario cubrir, entre otras, las necesidades de los hombres dispuestos en los pasos de Sierra Morena. El 6 de diciembre dictó una orden que obligaba, sin distinción de personas, al préstamo forzoso de la mitad del oro y plata labrada que tuvieran en su posesión los particulares con el fin de acuñar moneda. Leídas en el cabildo del Ayuntamiento de Medina Sidonia la orden y la instrucción que la acompañaba, se acordó cumplirla en el plazo de 8 días que se decretaba, y se comisionó al regidor don Pedro de los Hoyos para que, ayudado por un artista platero, recibiera las declaraciones juradas de los vecinos, comprobara el peso declarado y recogiera los efectos o el dinero equivalente. En caso de que no se quisieran entregar las piezas, se podían redimir ofreciendo 20 reales por onza de plata y 320 por onza de oro. Estaban exentos de declaración los adornos mujeriles, y se podía suplir el préstamo por la entrega gratuita de un tercio de lo que se poseyera. Todos los asidonenses que se vieron afectados por la orden (casi 70) prefirieron acogerse al donativo, probablemente pensando que era preferible perder un tercio a arriesgar la mitad cuando la fortuna del Estado era tan adversa y tan poco sólidas las garantías que podía ofrecer. Pero muy pocos quisieron entregar sus cubiertos, jícaras y bandejas de plata antes de la cena de Nochebuena, los más prefirieron presentar sus declaraciones después de la fiesta de Año Nuevo.
El padre fray Miguel del Espíritu Santo, religioso de los carmelitas y presidente del hospicio que éstos tenían establecido en la ciudad junto al Arco de Belén, se presentó ante el comisionado y le refirió que una persona le había dado en el confesonario una pieza abollada de plata, la cual quería que se entregase de donativo gratuito a la Patria para las urgencias en que se hallaba. Se trataba de una especie de candelero o peana de custodia que, una vez reconocida, resultó pesar nueve onzas y no las nueve y media que había declarado el padre fray Miguel.

viernes, noviembre 20, 2009

Simi la Hebrea

Una amena novelita moral
La historia de la joven judía gibraltareña Simi Cohen, que abrazó la fe cristiana y decidió dedicar su vida a la contemplación entre las agustinas del convento de Jesús, María y José de Medina Sidonia, sirvió a fray Conrado Muiños como argumento de una novelita piadosa que tuvo gran éxito a finales del siglo XIX y durante gran parte del XX. A su estudio dedicamos este artículo, que fue publicado recientemente en el número 3 de la revista El Barrio del I.E.S. San Juan de Dios de Medina Sidonia, magníficamente dirigida por nuestro querido Miguel Roa Guzmán.
Simi La Hebrea, Una Amena Novelita Moral

domingo, noviembre 08, 2009

Medina Sidonia en la Guerra de la Independencia (VI)





Nombres culpables

En el cabildo de 30 de septiembre de 1809 se leyó un memorial de Francisco Fernández Rodríguez, vecino de Medina Sidonia y diputado de su común, en el que exponía los graves perjuicios que estaba sufriendo la finca de su propiedad "nombrada del Santisimo, camino de la fuente", por encontrarse contiguo a ella el enorme hoyo, "que llaman del Barrero, de donde los vecinos de esta ciudad sacan tierra para obras de albañileria". Varios lienzos de tierra ya se habían corrido, "razon por la que se desminuia y acortava el resinto de dicha su hazienda, haviendo notado en los dos años ultimos se desgajaron dos porciones de terreno, en que se hallavan varias cepas y arvoles, los que se inutilisaron". Además, el propietario "no podia dejar de adbertir a las desgracias que estan espuestas varias personas, y con particularidad los jovenes que, con poca refleccion, se esponen a quedar sumerjidos vajo las ruinas al menor descuido, como ya se havia esperimentado". Rodríguez proponía al Ayuntamiento que "para evitar estos perjuicios, se determinase la prohivicion de cavar y sacar tierra en el recordado citio, y que se le consediese dicho hoyo, el que sercaria de vallado, por ser este el unico medio de evitar las escavaciones de tierra, lo que podia executarse sin detrimento de persona alguna en los serrillos del lado opuesto".
Una vez que se retiró del salón de plenos Francisco Rodríguez, el cabildo acordó que el regidor diputado de obras, Pedro de los Hoyos, pasase a inspeccionar el lugar y diera cuenta para tomar la resolución más conveniente.
Un mes más tarde, don Pedro de los Hoyos y don Juan Pérez Montero, diputado del común, constataban ante el cabildo "que padese considerable perjuicio la enunciada hazienda y un plantio, por la profundidad de dicho terreno causada de las continuas escavaciones, y quedar cuasi en el ayre el vallado de la misma". Se decidió entonces que Francisco Rodríguez manifestara "en forma" la tierra que pertenecía a su hacienda para, luego, tomar la determinación acertada al caso.
Nada más hemos leído al respecto en el libro capitular de aquel 1809, y en 1810 otras urgencias, la llegada de los franceses, preocupaban más a los ediles de la ciudad.
Suelo pasar a diario por delante de esta hacienda, cuyo nombre, "suficientemente" aireado en los últimos meses por la prensa y las televisiones por sórdidas razones que no vienen al caso, muchos parecen querer olvidar. El airoso rótulo de azulejos que la nombraba, embutido sobre la puerta del vetusto caserío, incluso ha sido arrancado en los últimos días; no sé si con el propósito de rebautizarlo o de contribuir a la "limpieza" de lugar tan visible para el forastero que llega. Afortunadamente, siempre nos quedarán los documentos para salvar las palabras y la memoria.
Mucha lástima me dio también llegar al majestuoso y casi arruinado arco encalado que servía de portada a una antigua finca del Hoyo de Santa Ana y encontrar que otro "picaparedes" me había privado de conocer el nombre de la misma. Los vecinos más viejos del lugar sólo acertaron a decirme que fue una hacienda de la familia Varela, que comprendía varias de los alrededores, pero jamás habían podido leer el rótulo con su nombre. Cualquier día también esta preciosa construcción desaparecerá y sus airosos remates en espiral yacerán entre los cardos y las tunas. Sólo en los papeles nos quedará su recuerdo.

domingo, octubre 25, 2009

Medina Sidonia en la Guerra de la Independencia (V)


Bodegón de Tosantos. Jesús Romero Valiente

Los "Tosantos" de 1808
Después de un verano más feliz de lo que cabía esperar gracias a la fértil cosecha y a la victoria de las tropas españolas en Bailén, en la que también pusieron su granito de arena algunos mozos y voluntarios asidonenses (aunque no faltaron desertores), y no siendo aún del todo conscientes de lo que Napoleón estaba preparando esos días más allá de los Pirineos, los habitantes de Medina Sidonia se encomendaban a las tareas y los goces del otoño. Pronto llegaría la matanza del cerdo, y era preciso terminar de engordar las piaras con la bellota de las dehesas; así que sus propietarios las acercaban a los contaderos para registrarlas. Las primeras tagarninas se dejaban coger después de ver nacer la otoñada. En las iglesias, las cofradías de Ánimas preparaban sus funciones. Y a los mercados llegaban las frutas que, de siempre, se comían los días cercanos a Todos los Santos: los "tosantos".
En el cabildo de 30 de octubre de 1808 el síndico personero, Joaquín Pareja y Cortés, hacía presente la "necesidad indispensable que habia, de establecer posturas justas, y equitatibas, que conciliasen el interes de los vendedores con el beneficio publico del vecino comprador, evitando assi la arvitrariedad descarada y perjudicial, con que a costa del publico, se conducian los que habian traido para vender las frutas que, por una costumbre muy antiguada, se han hecho como alimentos de primera necesidad".
Se trataba por tanto de reglamentar el abasto de estos alimentos que, según vemos, acarreaban en gran parte vendedores forasteros.
"Despues de una larga discusión, dirigida a enterarse de los precios que corrian y de la abundancia o escasez que se advertia, se acordó -sigue diciendo el acta de cabildo- que la fanega de castañas se vendiera a cinquenta reales de vellón, la de brabia a quarenta y quatro, la arroba de peros de Pila a quince reales de vellón, la de Camuesa a dies y ocho, la de batatas de padron a veinte, la de batatin a dies y seis, la de Membrillos o malacatones a dies, y el ciento de nueses a dos reales, observandose estos precios assi en los puestos publicos todos, como por los que en sus casas vendiesen las mismas frutas"
De lo acordado se redactó edicto, que fue fijado, "desde las siete de la mañana, en los citios publicos, y particularmente en el meson de la Calle de la Plazuela, donde se Hospedan los fruteros," o sea la Posada de la Fruta. El regidor de mes se encargaría de velar por el exacto cumplimiento de lo dispuesto y de dar cuenta al Corregidor Presidente para imponer las penas y multas correspondientes a los contraventores.
A las batatas de padrón, más gruesas que las ordinarias (quien se interese por su cultivo puede consultar el Semanario de agricultura y artes dirigido a los párrocos, Madrid, 1798, t. 3, p. 114), los batatines o boniatos, los membrillos, las castañas y las nueces, los peros blancos de la Sierra de Ronda (que supongo serán éstos a los que el escribano llama "de pila"), melocotones tardíos y manzanas camuesas, sin duda se sumarían el dulce pan de higos, confeccionado por los propios hortelanos después de secar sus higos al sol y prensarlos en seretes, y otros muchos productos de la huerta y los campos asidonenses: granadas, calabazas, aceitunas, etc.

domingo, octubre 11, 2009

José Emilio Pardo (XXVII)


Engañado como un chino


Nuestro teniente Pardo había quedado gratamente impresionado por el colorido, las mercadurías y el ambiente del barrio chino, así que, a la mañana siguiente, decidió volver para conocerlo a la luz del día y recorrer otras zonas del mismo. En esta ocasión, le acompañaba un caballero francés.
Calles angostas y casas pequeñas y apiñadas lo forman casi en su totalidad, pues hay algunas grandes, cómodas y elegantes de chinos opulentos que poseen millones de duros y que viven con gran lujo, siendo sus coches y sus trenes superiores a los de los europeos ricos. Las tiendas son todas por el estilo de las que ocupan los judíos en Gibraltar o en Tánger, unos chiribitiles en donde apenas caben y en donde hay de todo.
Tentados por la curiosidad, nuestros amigos entraron en una de las tienduchas, donde los recibió un comerciante chino con una sonrisa de oreja a oreja, "que en esto son como los judíos, aunque ganan en pillería al más ladino hijo de Abraham o de Jacob". Después de degustar una taza de té, Pardo se encaprichó de unos pequeños jarrones y, como era de esperar, comenzó el regateo. El chino pidió por ellos treinta rupias. Pardo, a través de su intérprete francés, ofreció dos. El mercader se rio y bajó a 20. Pardo ofreció cuatro francos, y el vendedor aceptó. Realmente los cuatro francos equivalían a las dos rupias que había comenzado ofreciendo. Buen negocio, pensó nuestro marino.
Pero nada más salir por la puerta de la tienda, los jarrones se hicieron pedazos, "pues estaban rotos y pegados con goma". El vendedor presenció la escena como a quien no le iba nada en ello. Pardo acudió entonces a todos sus conocimientos de idiomas para desahogarse, y lo llamó pillo y ladrón en francés, inglés, español e italiano. Su amigo contribuyó a la lección insultándolo también en chino y malayo. El mercachifle seguía impávido, recogiendo ahora los tiestos a la vista de los transeúntes que habían acudido al vocerío. No le quedó más remedio que devolver el dinero.
Pasada la rabia del primer momento -escribe Pardo en su Diario-, nos echamos a reír, y el socarrón del chino, con los fragmentos de loza en la mano, hacía coro a nuestras carcajadas... No comprendo por qué se dice en España "lo engañaron como a un chino", cuando debiera ser "engaña como un chino".

domingo, octubre 04, 2009

José Emilio Pardo (XXVI)


Hôtel des Indes. Imagen tomada de http://www.engelfriet.net

Una casa de juego en el barrio chino de Batavia


Terminada la cena, José Pardo y sus amigos holandeses decidieron rematar la noche en un garito de juego, una de esas casas que el Gobierno consentía a cambio de una "módica" contribución. En la gran habitación se levantaban una vara del suelo cuatro entarimados cubiertos con esterillas. Sobre cada uno había hasta veinte personas sentadas, rodeando al que hacía las veces de banquero, que tenía a su lado varias cajitas llenas de dinero. Pardo no entendió mucho de los juegos en que los presentes apostaban con afán. "El único juego que pude comprender de los que allí tenían -dice-, era de azar y con ciertas fichas parecidas a las del dominó. Como había más posibilidades de pérdida que de ganancia, la suma abonada por el banquero era mucho mayor que la apostada". Evidente.
Como se trataba de pasar el rato, el marino se animó a apostar, sacó unas cuantas rupias y las jugó a una ficha. Enseguida, el director de la casa se acercó a él y le advirtió por señas que estaba prohibido a los europeos jugar en estos lugares.
Eran las once de la noche cuando nuestros noctámbulos atravesaban de nuevo los mercados en busca de su coche, pero, "como había más de doscientos vehículos esperando", la tarea no parecía fácil. Sin embargo, allí estaba Mo-Haly quien, a gritos en su lengua malaya, "se hizo oír del cochero a los pocos minutos".
A media noche ya estaba José Emilio en el Hôtel des Indes disfrutando de una "magnífica cama, limpia, blanda, ancha, cómoda y libre de mosquitos". Dice nuestro asidonense: "Dormí como un patriarca".

domingo, septiembre 27, 2009

José Emilio Pardo (XXV)



Fideos de arroz. Foto tomada de http://images.google.com/imgres?imgurl=http://www.cocinaycomidasana.com

Comida china


Durante su paseo por el mercado chino llamó la atención de nuestro teniente Pardo la gran cantidad de carnes y pescados, crudos o guisados, que se ofrecían al viandante. Y, como llegaba la hora de tomar un bocado, se hizo necesario entrar en una de aquellas tiendas donde se vendían mil y un manjares, y ninguno de ellos conocido. Uno de los marinos holandeses que le acompañaba le comentó que "de seguro en aquellas sartenes habría guisados de perro o sopa de rata y murciélago, que agrada sobremanera a los chinos y javaneses". Entraron en el "fonducho" hasta la cocina y quedaron admirados de cómo de grandes calderos sacaban los guisos en pequeñísimos platos, y luego en la misma cocina les agregaban a cada uno hasta diez o doce salsas que tomaban de diferentes orzas, "con unas cucharitas de marfil semejantes a las que nosotros usamos para servir la mostaza".
El cocinero, al verlos hacer ascos, les advirtió que tenía un plato especial, riquísimo, "al gusto europeo". Así que el hambre y la curiosidad animaron a nuestros marinos a sentarse.
El mismo jefe de la fonda puso una servilleta sobre la mesa, sacó cuatro platos grandes y un jarro de agua, y luego llegó el famoso manjar al uso de Europa. Eran una especie de fideos de harina de arroz cocinados a modo de macarrones, muy secos de salsa, pero tan jugosos por dentro y en tan buen punto la sal, el queso y la mostaza, que ciertamente eran cosa delicada.

domingo, septiembre 20, 2009

Iglesias, conventos y hospitales (III)
















Nave central de la iglesia de la Victoria de Medina Sidonia

Clases de gramática en la Victoria y San Agustín


En 1743 el vicario eclesiástico de Medina Sidonia Gonzalo de Pina Franco (que lo era desde 1711) fundó un vínculo mediante el cual donaba una casa a los mínimos de la Victoria con la expresa condición de que dicho convento tuviese siempre nombrado un lector que ofreciese gratuitamente clases de gramática y doctrina cristiana. Así lo hicieron durante muchos años los frailes de San Francisco de Paula, de hecho el vicario Martínez Delgado en su Historia de la ciudad de Medina Sidonia (p. 214), escrita en los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX, así lo recuerda.
Según una de las cláusulas del "contrato", en caso de que el convento dejase de cumplir la condición expresada, "después de tres amonestaciones del poseedor del vínculo", la casa habría de pasar al convento de Nuestra Señora de la Paz, de agustinos calzados. A éstos se les exigía lo mismo, y, faltando a su cumplimiento, que la casa "pasase por fin al poseedor del mencionado vínculo".
Avanzado el siglo XIX y desaparecidos ambos conventos en virtud de las desamortizaciones, resultaba imposible que mínimos o agustinos pudiesen cumplir el contrato, y la casa había pasado a ser disfrutada por la Junta de Escuelas de Medina Sidonia. Podría parecernos que la voluntad del ilustrado eclesiástico Gonzalo de Pina estaba cumplida, pero no lo vieron de la misma manera los poseedores del vínculo. Así lo demuestra la demanda ordinaria que presentaron ante el Juez de Primera Instancia de Medina Sidonia reclamando la propiedad de la casa.
Entonces, el Jefe Político de Cádiz entró en competencia con el juez de Medina, y el caso pasó a superiores instancias para ser consultado. El 3 de enero de 1849 el ministro de la Gobernación del Reino, el Conde de San Luis, ponía en manos de la autoridad judicial la resolución del asunto, una vez oído el Consejo Real, ya que "esta cuestión sobre la reversión se resuelve naturalmente en cuestión de propiedad, completamente extraña a las atribuciones administrativas".
Nos interesaremos por saber qué sucedió después.

jueves, septiembre 10, 2009

Sorolla


















Sorolla en Madrid
Leo hoy en la prensa que finaliza esta noche la gran muestra sobre la obra de Joaquín Sorolla que ha tenido lugar en el Museo del Prado. Han sido 450.000 los visitantes que han pasado por las nuevas salas del museo destinadas a las exposiciones temporales, la convocatoria más exitosa de la última década. En palabras de Blanca Pons Sorolla, nieta del pintor, que extraigo del catálogo editado con motivo de la misma: "La rigurosa selección de obras llevada a cabo para esta muestra, en la que se reúnen por primera vez todos los cuadros que marcaron los hitos de su carrera artística, es sólo una pequeña parte, aunque la más sólida, de su abrumadoramente numerosa producción". En efecto, además del conjunto de grandes lienzos que, en su última etapa, pintó para la Hispanic Society of America por encargo de su creador Archer Huntington (su Visión de España), allí pudimos contemplar ¡Aún dicen que el pescado es caro! (que espera hace años su definitiva ubicación en la pinacoteca madrileña), La vuelta de la pesca del Musée d´Orsay, Cosiendo la vela (prodigio de luz y composición que aturde a los visitantes de la Galleria d´Arte Moderna di Ca´Pesaro de Venecia), la desgarradora escena de ¡Triste herencia! (en la que un hermano de San Juan de Dios ayuda a unos niños pobres tullidos a meterse en el mar), el delicioso Desnudo de mujer (homenaje a la Venus del Espejo de Velázquez, para el que posó como modelo su propia esposa), los retratos de Beruete, Galdós, Echegaray, del fotógrafo danés Christian Franzen, de su hija María (como labradora valenciana, convaleciente en El Pardo o en los jardines de La Granja), de su amada mujer (Clotilde con traje negro, Paseo a la orilla del mar), El sol de la tarde, Niños en la playa, El baño del caballo, La bata rosa... Todo un derroche de luz, energía y vida, pues es vida, en sus diversas facetas, lo que transmiten las pinceladas del artista. Puede que hubiera recibido mejor sanción de muchos si hubiera insistido en la temática social y oscurecido su paleta; quizá se le pueda reprochar que su éxito le llevara a repetir estampas y situaciones para una clientela que no paraba de demandar su sorolla..., pero en la mayoría de los casos la pintura del valenciano es un ejercicio de verdad, de amor a su "arte", de desafío a los convencionalismos pictóricos..., un disfrutar pintando, una continua lucha por ofrecer nuevas perspectivas del asunto, un ensayo de modernidad.
Siempre que puedo cuando viajo a Madrid, paso un buen rato en la casa del pintor, un oasis cercano a la Castellana en la calle de Martínez Campos. Paralelamente a la exposición del Prado ha tenido lugar aquí una muestra de algunos de los bocetos realizados por el artista en su larga peregrinación por España para reflejar su visión del país, e incluso se ha proyectado la emotiva película Cartas de Sorolla, protagonizada por José Sancho.
Entrar en esta casa-museo, de cuyas paredes cuelgan óleos inacabados, pequeños bocetos, retratos de sus hijos, paisajes amados..., sentarse en sus frescos jardines mientras susurran sus fuentecillas, adentrarse en las habitaciones familiares y, finalmente, visitar el impresionante estudio del maestro es una experiencia que recomiendo.
En la foto muestro un rincón del estudio. A la derecha, el retrato inacabado de la esposa de Ramón Pérez de Ayala.

domingo, septiembre 06, 2009

Medina Sidonia en la Guerra de la Independencia (IV)










Antigua sorbetera. Foto tomada de historiasdelagastronomia.blogspot.com




Helados para el verano de 1808
En la Medina Sidonia que se había visto sobresaltada por la noticia de los acontecimientos de mayo de 1808 y había vivido recientemente los fastos de la proclamación del rey Fernando VII; cuando el nerviosismo cundía entre los soldados voluntarios, que pronto recibirían su bautismo de fuego en Bailén, y también entre los munícipes, apremiados constantemente para pagar las deudas de la ciudad ante las urgentísimas necesidades..., los más de los asidonenses estaban atentos a la recogida de una cosecha de trigo y cebada que había sido copiosa, al cuidado de las arboledas de sus huertas (que ya proporcionaban los dulces frutos que trae el verano) o a disfrutar del recrecido ambiente en las calles con la llegada del estío. Y, para el paseo de la tarde, nada mejor que un helado.
Leo en el acta de cabildo del 2 de julio que Juan Ramírez, abastecedor de nieve y helados, había presentado una nota al Ayuntamiento en la que indicaba los precios a que quería vender sus productos:
El vaso de aguanieve a veinte y cinco maravedíes, la libra de nieve á dos reales, el Cuartillo de sorvete hecho á fuego á seis, el dicho sin fuego á quatro y el quartillo liquido y claro de toda vevida pero de nieve a diez y seis quartos.
Pedía al cabildo que se entendiera con el administrador de rentas sobre los derechos de introducción de nieve en la ciudad y otros que pudiera haber, pero éste no aceptó. Sí parecieron muy ajustados sus precios.
Esta noticia, que a muchos puede sorprender por lo curioso, se entiende mejor si hacemos algunas aclaraciones.
No era raro que se comercializara nieve en la Medina de la época. Sabemos que en marzo de 1624, con motivo de los banquetes con que el Duque de Medina Sidonia agasajó al rey Felipe IV en Doñana, se trajeron 46 mulas cargadas de nieve que llegaban a diario desde Ronda; que, para que la nieve se conservase el mayor tiempo posible, existían los llamados "neveros" en muchas ciudades, palacios (impresionante el de Olite) y fortalezas. El trabajo de extracción de la nieve en la montaña comenzaba en primavera. Cortada con palas, se llevaba a los pozos de nieve donde se prensaba para que disminuyera su volumen y se conservara mejor al convertirse en hielo. Se formaban capas de semejante grosor, que se cubrían con paja o ramas. En verano, se cortaban bloques y se transportaban en bestias de carga por la noche para evitar que se derritieran. Los romanos ya conocían esta actividad, y en la Europa de los siglos XVI a XIX cobró gran auge.
Los derechos reales sobre la nieve se establecieron en España en época de Felipe III, y en 1770 su cobro correspondía al departamento de rentas unidas de la Real Hacienda.
La libra son 460 g y 93 mg. En un cuartillo caben 504 ml.
El salario diario de un bracero en la temporada de siega de este año en Medina Sidonia era de 15 reales y cuatro libras de pan. Se pagó bien porque las autoridades pensaban en recoger completa la buena cosecha para asegurar el suministro.
En el sorbete a fuego el almíbar se hacía en un perol y, antes de pasar a la sorbetera, se le añadía el puré o licor de frutas que se deseara. Sobre la historia del sorbete y su elaboración he disfrutado mucho leyendo en historiasdelagastronomia.blogspot.com.
No me entretengo en presentar recetas de sorbetes de aquel momento, pero remito a los interesados a las que aparecen en Secretos raros de artes y oficios (Madrid, Imprenta Villalpando, 1807, t. 10, p. 252) y La nueva cocinera curiosa y económica, y su marido el repostero famoso amigo de los golosos, de D. A. P. Z. G. (Madrid, Imprenta de don Eusebio Álvarez, 1822, t. 3, pp. 253 ss.). Ambos libros pueden leerse en google.

jueves, septiembre 03, 2009

Iglesias, conventos y hospitales (II)

Financiar la caridad


En estos tiempos de crisis en que se oye que subirán el precio del litro de cerveza o, de nuevo, el de la cajetilla de tabaco para acopiar los fondos necesarios a fin de mantener el bienestar público y, particularmente, las prestaciones sociales, ando leyendo documentos de la Medina Sidonia de comienzos del siglo XIX.
De todos es sabido que grandes instituciones benéficas, como el Hospital de la Caridad de Sevilla, son fruto del arrepentimiento de una vida de disipación, en el momento cercano a la muerte, por parte de sus fundadores (en este caso Miguel de Mañara, en quien se dice está inspirada la figura de Don Juan). Poco sabemos todavía sobre el origen de los hospitales y casas de caridad de Medina: está pendiente, por ejemplo, el estudio de la figura del regidor Alonso Picazo, que en su testamento (11 de abril de 1544) legó sus casas para la creación del Hospital del Amor de Dios, donde sería sepultado.
Sobre este establecimiento leo una curiosa noticia en el acta de cabildo de 3 de febrero de 1808. El vecino José Gutiérrez pide al Ayuntamiento una licencia que le permita abrir un reñidero de gallos "ofreciendo dar la quarta parte del producto de su entrada á fabor delos pobres enfermos del Hospital del Amor de Dios". El cabildo acuerda acceder a lo solicitado y comisiona a su diputado de policía, el regidor Juan de Pareja y Morón, para que se asegure de que el negocio cumple los requisitos exigidos para tales locales y además proponga "al Ayuntamiento el precio de la entrada para su aprovacion y la exaccion delo que pertenezca al hospital".

martes, agosto 25, 2009

José Emilio Pardo (XXIV)


Bandeja japonesa de maque de finales del siglo XIX
En el mercado chino de Batavia


La llegada de la Numancia a Batavia coincidió con las fiestas de celebración del nuevo año chino, así que Campon-Chiní, como conocían los marinos el barrio chino, estaba especialmente animado a comienzos de aquel febrero de 1867. Una especie de gran mercado o feria ocupaba todas sus calles. "En la principal -escribe José Emilio en su Diario- se colocan multitud de tiendas donde se venden objetos de Europa y de China. La afluencia de gente era extraordinaria, y tal la profusión de luces que parecía que el sol estaba fuera".
A nuestro marino le sorprendió gratamente la sección de flores, "semejante a un magnífico jardín":
Dalias, camelias, rosas, lirios de mil clases y colores, y árboles enanos, que apenas levantarían dos palmos, con granadas unos y con limones otros del tamaño de avellanas y en perfecta sazón y madurez, colocados en magníficas macetas de rica porcelana.
Junto a los bonsáis, se abría una espléndida colección de frutas:
Había plátanos de veinte y tantas clases, piñas, mangos, mangostanes, rambostanes, naranjas, limones, etc., en grandes cantidades; y seguían hortalizas y legumbres con la misma abundancia y en la misma variedad.
No menos llamativas eran las tiendas de tejidos y sedas, de calzados, de "papeles pintados a la chinesca", de ferretería y loza. Sin duda, era el mejor sitio para comprar un "recuerdito" para la familia de Medina..., ¡y qué suerte no tener que cargar con la compra hasta el hotel y poder seguir paseando desembarazado durante el resto de la noche!
Allí teníamos que andar a empujones. Veíanse trajes de todas partes del mundo: en una de las tiendas había damas holandesas comprando ahuecadores, y una mestiza china probándose unas chinelas, mientras que un árabe y un siamés quemaban pastillas de olor para cerciorarse de su calidad. Yo compré unas bateas de maque japonés, y al recogerlas noté que por detrás de mí me las arrebataron de las manos. Volví la cara en busca del ladrón, y me hallé con Mo-Haly, que no me había perdido de vista en aquel bullasco. Es admirable la paciencia de estos malayos para seguir a sus amos sin dejarlos ni a sol ni a sombra.
La palabra "maque" (del japonés, makie) designa un tipo especial de lacado japonés en que intervienen barnices de oro y plata en el dibujo de las figuras. El verbo "maquear" no significa pues, en principio, sino adornar muebles, utensilios u otros objetos con pinturas o dorados, usando para ello el maque. Pero las imitaciones "maquearon" impropiamente toda clase de cachivaches sin emplear los elementos originarios de la técnica. ¡Y cuántas veces hemos oído a nuestros padres decir que "se maqueaban" a la última antes de salir el sábado por la noche a buscar chicas.

miércoles, agosto 05, 2009

José Emilio Pardo (XXIII)



Imagen de una cena en el Hôtel des Indes en 1935. Tomada de http://www.engelfriet.net/







Cena en el Hôtel des Indes
De vuelta de su paseo en carruaje, con el gusanillo ya en el estómago (¡y mediaron sólo tres horas desde su salida!), nuestro marino asidonense encontró a los huéspedes del hotel tomando el aperitivo previo a la cena: "aguardiente de Holanda (vulgo ginebra)". José Emilio no la necesitaba y, al toque de la campana colgada en uno de los árboles del patio (las siete en punto), entró en el comedor "que era bueno y espacioso". La mesa tenía sesenta cubiertos, y la presidía M. La Cressonier. Pero lo más sorprendente era que "a los sesenta señores correspondían otros tantos criados, cada uno de los cuales servía a su amo sin curarse del resto de los asistentes". Cuesta poco imaginarse la situación, el revuelo inevitable en torno a la mesa, atendiendo a la precisa descripción que nos ofrece José Emilio Pardo en su Diario:
Para los no acostumbrados a tal clase de servicio hay escenas graciosísimas, como la de pedir, por ejemplo, dos personas un mismo plato de los que hay en la mesa, y ver a los respectivos domésticos avanzarse a cogerlo, tirar cada uno por un lado y echarse mutuas maldiciones en su lengua, hasta que uno de ellos cede.
¡Qué cara pondría el Doctor Thebussem, tan refinado y exigente en lo relativo al servicio de la mesa, cuando su hermano le contó lo vivido en el Hôtel des Indes! Seguro que rió a carcajadas y le hizo a José Emilio las mismas preguntas que nos hacemos nosotros: ¿Cómo escapaste tú? ¿Qué tal la comida? ¿Y los comensales?
He aquí las respuestas del marino:
El famoso Mo-Haly[1] era un héroe, casi siempre ganaba en estas riñas o disputas. La comida, gastronómicamente considerada, es regular; no dan vino, pero sí buen café; yo comí perfectamente por aquello de la salsa de la hambre. Trabé relaciones con unos vecinos de mesa y cuarto, jóvenes marinos holandeses, los cuales me encomiaron la gran fiesta chinesca que se celebraba aquella noche y que no ocurría más que una vez al año.
Por supuesto que, acabada la cena, José Emilio y sus nuevos amigos tomaron un coche y se encajaron en Campón-Chiní, o sea el barrio chino. Ya lo contaremos otro día.
[1] Recordemos que era el sirviente malayo que le fue asignado a su llegada al hotel.

domingo, agosto 02, 2009

Amalfi (I)


En la catedral

José Emilio Pardo (XXII)







La plaza de Waterloo en Batavia (1842). Tomado de http://www.engelfriet.net


La Batavia colonial
José Emilio da cuenta en su Diario de la gratísima impresión que le causó la ciudad de Batavia, tan limpia y cuidada:
La parte alta de la ciudad es un inmenso paseo. Calles anchísimas y rectas, hermosas casas con lindos jardines en el ingreso y con magníficos vestíbulos iluminados de gas. El río, dividido en más de cincuenta canales, lleva agua por todas partes de modo que la población se halla barrida, regada y limpia por extremo. Los gigantescos árboles de Java hacen de cada calle un delicioso paseo, y todo junto y cada cosa de por sí convierten a esta parte de Batavia en un bellísimo jardín. Todo esto es moderno, es decir, de principios de este siglo y se debe al excelente gobernador Van Der Capella. La plaza Konings Plein me llamó la atención porque no tiene adornos de ninguna clase, ni aun asientos siquiera. Es una gran llanura cuadrada de casi una milla de lado, rodeada de corpulentos árboles y de faroles de gas; por fuera la circundan cuatro hermosas calles de más de cuarenta varas de ancho cada una.
Su compañero Eduardo Iriondo ofrece en sus Impresiones... una descripción semejante de Konings Plein y de los canales que riegan la arbolada ciudad. Y exclama: "¡Qué diferencia con aquella Manila que se esconde tras sus negras murallas, alineando sus desiguales casas en estrechas calles sin admitir un árbol en su recinto, ni una gota de aquellas aguas transparentes que el caudaloso Pasig arroja a la bahía después que se cansa de ofrecérselas!"
Iriondo prosigue:
Todas las casas, abiertas a los cuatro rumbos, están rodeadas de galerías formadas por intercolumnios dóricos; pero especialmente en la fachada de algunas la vista se detiene complacida, como si recorriera las líneas de un pórtico griego. Los edificios principales son el palacio de Weltevreden, que ocupa, con sus dos alas, uno de los frentes de la vasta plaza de Waterloo, y contiene las dependencias del Gobierno Superior; las iglesias católica y luterana; el palacio del gobernador general; el hospital militar, que se puede presentar como modelo en su clase; el casino militar, titulado La Concordia; y La Harmonie, propiedad de una sociedad particular; el teatro; el hotel del residente de Batavia y algunos otros que no recordamos.
La plaza de Waterloo es, después del hermoso parque Konings Plein, el sitio más espacioso de Batavia, y en sus costados se levantan el palacio ya dicho y los pabellones de los oficiales de la guarnición. A sus inmediaciones se hallan, además, los cuarteles de las tropas, los parques de artillería e ingenieros, las oficinas de los jefes y, en fin, todas las dependencias del ramo de guerra. En el centro de la plaza hay una sencilla columna, erigida a la memoria de los individuos muertos al servicio holandés, en 1814, la cual remata un león que sujeta un mundo con su garra.

domingo, julio 19, 2009

José Emilio Pardo (XXI)















Una calle de Batavia, grabado de M. de Saison para Voyage pittoresque autour du monde (dir. M. Dumont D´Urville), París, Furne, 1839

Paseo en carruaje por Batavia. Mo-Haly
Pues, como solemos hacer después de familiarizarnos con nuestra habitación en el hotel y tomar un buen baño, tocaba el turno de arreglarse un poquito y salir de paseo. Nuestro marino asidonense observa que no es el único huésped que ha pensado de esta manera, la decoración del hotel había cambiado por completo:
Todos... vestían de pantalón blanco y levita negra, las señoras llevaban elegantes trajes de seda o de holán[1] finísimo; peinado con arreglo al último figurín francés y lo mismo con las botas. Comenzaron a venir carruajes y a marcharse aquellos señores, hasta quedarme solo.
No demasiado acostumbrado a las finezas orientales, no había reparado en que el chico que aguardaba junto a la puerta de su habitación era un criado que le había sido asignado desde su llegada al hotel. El muchacho, que se dio cuenta del despiste de José Emilio, no tardó en dirigirse a él: "¿Carreta? Musiú, ¿carreta?" Pero todavía fue necesario que acudiese M. La Cressonier para aclararle que Mo-Haly, pues éste era el nombre del joven malayo, sólo estaba queriéndole decir que su carruaje ("`carreta´, en lengua malaya", nos aclara Pardo) estaba enganchado hacía dos horas preparado para el paseo vespertino. En fin, cosas que pasan. Con todo, las atenciones no quedaban ahí. Relata José Emilio en su Diario:
Caminando ya en mi coche quise encender un cigarro, y el viento apagó el fósforo, pero en el momento hallé delante de mí una vara con la punta encendida. Vuelvo la cara y veo a Mo-Haly, que venía a la zaga lujosamente vestido con jaique[2] amarillo y turbante azul. Él comprendió mi admiración y se puso a reír con todas sus fuerzas. Luego supe y vi que en Batavia el criado es una sombra o apéndice que jamás abandona al señor, y que siempre va provisto de fuego o de "appuy", como le llaman en malayo.
[1] Tela muy fina, evidentemente de fabricación holandesa.
[2] Vestido árabe que cubre desde los hombros hasta los pies.

sábado, julio 18, 2009

José Emilio Pardo (XX)












Imágenes del Hôtel des Indes en 1863 y en 1870. Tomado de http://www.engelfriet.net/Alie/Hans/desindes.htm


La llegada al Hôtel del Indes
A poco de desembarcar, José Emilio Pardo se dirigió al Hôtel des Indes, situado a más de una legua del muelle, para tomar una habitación. El dueño del establecimiento era un francés llamado M. La Cressonier, "de más de cincuenta años, bajo de cuerpo, un poco gordo de cara, entrecano y algo calvo (...) Su vestido consistía en el clásico gorrito de terciopelo negro con borla, que en todo el orbe distingue al fondista francés, camisa encarnada por fuera del anchísimo pantalón y chinelas rojas a raíz de la carne, pues no llevaba medias".
Convenientemente atendido por el hospedero, José Emilio marchó a su habitación, "buena, limpia y con todos sus muebles nuevos". El hotel, que describe minuciosamente en su Diario, le causó una inmejorable sensación. Todo eran atenciones.
Dan estos cuartos al patio de la fonda y forman dos grandes corredores con alojamiento para treinta personas cada uno (...) En las puertas hay una mesa y una silla. A los cinco minutos de entrar en el alojamiento llegó un criado malayo y me dijo por señas que el té estaba listo. Salí, y en la mesa inmediata hallé una bandeja con un gran tazón de té con leche y galletas, notando que en las puertas de todos los cuartos se representaba idéntica escena.
Y sus vecinas de habitación ponían una nota divertida.
Dos señoras de buen aspecto, inglesa la una y holandesa la otra, según después supe, llevaban un equipaje particular. Un pedazo de indiana blanca y azul liado a la cintura y cayéndoles poco más arriba del tobillo; camisa de hombre hasta las rodillas, chinelas de terciopelo encarnado y oro, nada de medias, y el cabello en dos trenzas que caían por la espalda. Al andar era la facha más ridícula que puede imaginarse.
El Hôtel des Indes todavía existe hoy en Yakarta, lógicamente ha sufrido remodelaciones y ampliaciones, pero sigue conservando su viejo estilo colonial. He disfrutado enormemente recorriendo las fotos y recuerdos que se ofrecen en la web que cito arriba. Os invito a echar un vistazo.

martes, julio 14, 2009

En Las Alpujarras (III)


Tices (22 de agosto de 1997)
Me he adentrado en la pista de tierra que lleva desde el Puerto de la Ragua hasta Ohanes. A esta altura del año la laguna Seca no es más que una pequeña depresión del terreno a la izquierda del carril, el fondo quebrado está rodeado de un amarillo de oro donde pastan tranquilamente unas vacas. El aire es puro; el sentimiento, de soledad. En medio de preciosos bosquecillos de pinos y abetos, cuyo suelo está cubierto de troncos procedentes de la tala, el frío de la mañana, el pálido cielo y la forma de la arboleda me recuerdan algunos paisajes de Friedrich. Pasada la Piedra Negra y la zona más rocosa, el descenso se hace vertiginoso, y es entonces cuando se contemplan impresionantes vistas de los pueblos del valle, Beires y Canjáyar.
Me dirijo a Tices, al santuario de la Alpujarra almeriense. Es la una cuando planto mi caballete. Al pie de la torre izquierda hay un jardincillo con un estanque que corona la imagen de una Virgen de piedra blanquísima. El tamaño de la basílica parece estar en desacuerdo con lo solitario del lugar. Un chiquillo, un señor gordinflón con gafas oscuras que no para de hablar consigo mismo y un anciano pasean entre las flores. De vez en cuando una mujer y un joven entran por la puertecilla del edificio anejo a la iglesia, siento sus miradas mientras pinto. Las conversaciones que me llegan y los movimientos que noto me hacen pensar que estoy ante un centro de acogida de disminuidos psíquicos. Sólo cuando mi trabajo está casi terminado los habitantes del lugar se han acercado a curiosear, y he podido cruzar unas palabras. Uno de los albañiles que trabaja reparando una casita cercana ha comentado orgulloso: "Ves como toda Almería no es un desierto". Me habló de las virtudes de la uva de esta zona y de la pena que suponía que no hubiera pasado aquí lo que en la Alpujarra granadina: "Las inversiones para atraer a la gente".
En verdad, cuando regreso por la tarde hasta Laujar, ya casi de noche, me alegro de que este paisaje no se haya visto alterado por las necesidades del turismo. La tierra roja y arcillosa y el verde de las parras entrelazadas sobre las terrazas hacen de Ohanes un rincón muy bello. Beires, con su iglesia siena entre casas blancas, y Fondón o Fuente Victoria, con su carretera sombreada por grandes árboles que son testigos del paseo vespertino de los vecinos, son auténticos vergeles.

sábado, julio 11, 2009

José Emilio Pardo (XIX)


Mapa de Batavia, Homann (ed. Nuremberg, 1733)
La Numancia en Batavia
Fondeada la Numancia en la rada de Batavia (Yakarta) y saludada con los honores correspondientes la bandera de la plaza, un oficial holandés acudió a cumplimentar al comandante de la nave y a inspeccionarla. El enfermo de viruelas fue trasladado al hospital al cabo de sólo dos días de cuarentena, y enseguida se comenzó a negociar para comprar el carbón que el buque necesitaba. Como el almirantazgo no lo cedía de sus depósitos, hubo que pagarlo a un precio excesivo a una compañía de vapores. Los efectos navales y los artículos de primera necesidad estaban por las nubes..., ¡y el peso español, que se cambiaba habitualmente a 2,56 florines, en aquella ocasión sólo se pagó a 2,20! José Emilio Pardo tiene en su Diario (3 de febrero de 1867) unas palabras de agradecimiento al cónsul francés M. Codrika, gracias a cuya intervención se solventaron con eficacia todos estos problemas "domésticos"; y es que la "viajera y poderosa" España no tenía legado en aquellos lares. El diplomático galo refirió a los oficiales de la Numancia que hacía pocos años un bergantín español se había perdido en la costa de Java, que los náufragos habían llegado a Batavia..., y que fue preciso abrir una suscripción entre las personas caritativas para pagar a aquellos desgraciados su viaje a Manila.
Poco bueno parecía traer esta nueva recalada..., pero ¡cuánto la saborearía nuestro teniente asidonense!
Desde que se entra en el canal, que tendrá como una milla de largo, hasta llegar al muelle de Batavia, ya se notan cosas raras como lo son sin duda los barcos javaneses y chinos, con sus popas muy altas llenas de extraños figurones, con ventanas dispuestas a modo de las de las casas y macetas de flores en ellas (...) En fin, tales buques no discrepan de aquellos que pintan los abanicos y papeles que vienen del celeste imperio (...) Allí viven familias enteras, que se pasan los meses sin pisar la tierra, y parece imposible que con aquellos barcos y aquellas velas y con tales marineros, puedan navegar y hacer sus viajes.

sábado, julio 04, 2009

José Emilio Pardo (XVIII)


Ver mapa más grande

En el mar de Java

Desde las Natunas, la Numancia tomó rumbo Este hacia las islas de Tambelán y Espíritu Santo, pasando entre las pequeñas Dirección y Dattoo. A través del estrecho de Gaspar, por el llamado Canal de Stolze, penetró en el mar de Java; y la tarde del 30 de enero de 1867, después de 11 días de navegación y de haber recorrido 600 leguas, fondeaba en el puerto de Batavia (Yakarta). El tiempo había acompañado. José Emilio se entretiene, para nuestro gozo, en apuntar en su Diario nuevas observaciones sobre la naturaleza del lugar. El 29 de enero escribe:
A las cinco de la mañana se vio desde los topes que llevábamos a proa una roca. Esto nos llamó la atención, pues aquel mar está muy sondado y conocido. Al hallarnos más cerca, notamos que la tal roca se encontraba cubierta de verde y lozana vegetación. Se arrió un bote para que fuese con un oficial a reconocer lo que era, y resultó ser una palmera arrancada de cuajo, tal vez por algún huracán, que al caer en la mar quedó con la cepa fuera haciendo contrapeso a la cabeza, sumergida en el agua. Yo soy un zote en botánica, pero sospecho que desde el momento en que la palma, que era tremenda, cayó al mar, cambió la savia su dirección natural, y allí donde encontró sol, lluvia y aire, que fue en sus antiguas raíces, se formó vegetación nueva ayudada con la tierra que en ellas traía. Los nuevos vástagos adquirieron un tamaño tal, que a dos millas se veían y verdeaban. Cuarenta varas de circunferencia tenía aquel jardín flotante, y los revuelos de algunos pajarillos que con él venían le daban tal aspecto de islilla, que sólo después de verla y sondarla nos convencimos de que no era tierra firme. Este fenómeno de vegetación creo que no se verifica más que en climas como el de Java y con árboles de la clase expresada criados en la orilla del mar, donde el agua salada y los aires salinos, en vez de matarlos, les prestan vida y lozanía.

lunes, junio 29, 2009

Venecia en Sevilla






Settecento Veneziano.
Del Barroco al Neoclasicismo

Procedente de la Real Academia de San Fernando de Madrid llega al Museo de Bellas Artes de Sevilla una estupenda muestra de pintura veneciana del siglo XVIII. Podemos disfrutar en ella de una selección de 52 obras pertenecientes a diversos museos e instituciones italianas: la Academia de Venecia, el Museo Capodimonte de Nápoles, el Museo Chiericati de Vicenza, la Fundación Querini..., y sobre todo la Colección Terruzzi. Están los pintores del momento: Marco Ricci, Gian Battista Tiépolo y su hijo Gian Domenico, Luca Carlevarijs, Rosalba Carriera, Guardi, Canaletto, Belloto, Pittoni, Zuccarelli, Piazetta...; y todos los temas que les ocuparon: las escenas domésticas de interior, las alegorías, la mitología clásica y la historia antigua, el Viejo y el Nuevo Testamento, los paisajes... y, por supuesto, las increíbles vistas de la ciudad de los canales. Todo un lujo..., y la entrada es gratuita. La mejor de las alternativas para sobrellevar el calor de la tarde en Sevilla.
Reproduzco el tríptico de la exposición, donde se incluye la infomación sobre la muestra, y remito a esta página por si queréis ver algunas de las obras expuestas y leer una crítica razonada.
http://www.lomejor.com/19/1/04/61/27/040-045%20Exposicion%20SCH.pdf

martes, junio 23, 2009

José Emilio Pardo (XVII)




En el mar de China
La Numancia parte finalmente de Manila la tarde del 19 de enero de 1867. Algunos oficiales sienten pena por no haber visitado los cercanos puertos de China y Japón. "Lástima que la escasez de fondos -escribe el teniente ingeniero Eduardo Iriondo en sus Impresiones...- no hubiera permitido llevar nuestro pabellón, tan dignamente representado por la fragata, a puertos y mares de una importancia cada día creciente, y donde las principales potencias europeas y americanas pugnan por establecerse y enseñorearse, como si allí debieran hallar su fuerza en el porvenir, o prepararan el teatro de las luchas venideras". ¡Los ilustrados marinos de la decadente España siempre tan observadores y perspicaces!
En el mar de China, las olas se baten contra el costado impasible de la nave, que avanza airosa favorecida por el monzón del Nordeste. La fragata recala en Pulo Sapata y de allí pone rumbo al archipiélago de las Natunas.
"A las 6 de la tarde -escribe José Emilio en su Diario el 28 de enero- llegó a bordo un murciélago y se posó en la jarcia. Vendría quizá de las islas Natunas. Su cuerpo era como el de un conejo, los colmillos grandes, y medía sesenta pulgadas de punta a punta de las alas. Lo cogió un fogonero a quien decían `El Grabat´, lo asó en los hornos de la máquina y se lo comió sin dejar más que los huesos. ¡Valiente bárbaro!"
En tanto, se habían declarado dos casos de viruela a bordo, y los afectados habían sido aislados en la torre de proa. Uno de los enfermos, maquinista de transporte, murió enseguida y fue arrojado al mar.


(1) De los murciélagos de Indonesia se dice que son los más grandes del mundo pudiendo alcanzar el medio metro desde el morro a la cola; con las alas desplegadas llegan a 1,9 metros. Afortunadamente, sólo se alimentan de frutas. El fogonero de la Numancia era carnívoro, como queda dicho, y llevaba a rajatabla aquello de "Ave que vuela, a la cazuela".

domingo, junio 21, 2009

En Las Alpujarras (II)


Bayacas (19 de agosto de 1997)


He parado a pintar en Bayacas, que queda a la derecha según se sube hacia Pampaneira. Me he situado frente a la iglesia, y enseguida unos chiquillos, con sus bicicletas destartaladas, se han acercado a curiosear. Uno de ellos, morenillo y delgado, a quien apenas entiendo, parece bastante aburrido: no cesa de pasear desde la cabina telefónica hasta mi posición.
El asunto que me ocupa es pintoresco: la iglesia de ladrillo encalado con su esbelto campanario rematado por un airoso tejadillo, unas casas en ruina en primer plano con sus terrados y chimeneas, y el resto del pueblo, que asciende a la espalda de estas construcciones.
Desde la iglesia ha bajado una chica extranjera. Me dice que trabaja en la restauración de una talla de San Sebastián, el patrono del pueblo; que no es un trabajo muy creativo, pero que le apasiona. Los vecinos han realizado una colecta aprovechando el verano -cuando regresan de vacaciones los naturales del lugar- para restaurar la imagen que sacan en procesión el día del santo. Ella vive en Madrid, pero su madre veranea en Lanjarón, y va a aprovechar sus ratos libres de esta manera.
Cuando termino mi cuadro, subo a verla. Se encuentra en una habitación de losas blancas y negras cubiertas de papel de periódico y del fino polvillo que se desprende al lijar el estuco con que ha reparado algunos desconchones de la madera. La pieza está muy deteriorada y ahora, en la primera fase de su restauración, aparece moteada de blanco.
- Tendré para dos meses y aún no sé si quitaré el repintado que la cubre -dice mientras desprende algunas escamas con el bisturí-. Quizá la imagen sea del siglo XVII, y el repintado del XVIII.
Habla animada en un español muy fluido sobre el proceso que va a seguir hasta culminar con el barnizado. Atiendo con mucha curiosidad.
Nos despedimos. Espero poder ver algún día el fruto de este trabajo, pues el cariño con que se refería a él esta alemana rubia y ancha, de enormes ojos grises, presagiaba lo mejor.

jueves, junio 18, 2009

En Las Alpujarras (I)


Laroles (21 de agosto de 1997)

Hoy he puesto rumbo a la provincia de Almería, pero antes me he detenido en el último pueblo de Granada: Laroles. A pocos kilómetros antes de llegar, frente al mirador al que han llamado "Buenavista", entre castaños y junto a una cerrada curva de la carretera, sube un carril hormigonado que lleva hasta unos chalés. Se prohíbe el paso. A la sombra, he permanecido pintando desde la mañana hasta casi las cuatro y media. De vez en cuando han pasado coches de lujo, y he tenido que apartar el caballete; otras veces, han venido a visitarme los perros del lugar, una pequeña jauría en la que destacaban dos "pastores alemanes". Eran animales abandonados.
Bajó temprano un señor de gafitas y pantalón corto al que saludé, y me respondió a regañadientes. Más tarde regresó y se interesó por mi trabajo, en el que el fondo estaba casi concluido. Hablamos de la preciosa luz de aquella mañana sobre los bancales de la ladera y cómo se tintaban las montañas del fondo. Del prusia, al plomo y al siena. Me invitó a subir a su casa si quería tomar una cerveza.
El trabajo me ha absorbido y, cuando es necesario atacar el primer plano, ya estoy cansado. Sé que recurriré a las espátulas.
Una chica bajó en su coche y se detuvo a mi lado. Era también aficionada a la pintura pero le daba vergüenza eso de salir en su pueblo a pintar al aire libre.
- ¡Qué iban a decir! ¿Dónde va esa loca sola?
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